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Detector de Mentiras

“Siniestras farmacéuticas”: la superpoderosa industria convertida en blanco de teorías de conspiración

Aunque siempre han estado en el centro de señalamientos, la pandemia desató mitos y acusaciones contra ellas que han hecho mucho daño al proceso de vacunación. ¿De qué las acusan? ¿Cuánta gente cree en esas teorías y quiénes la promueven? Te lo contamos en esta entrega de 'Un mundo paralelo'.


16 May 2021 – 11:06 AM EDT
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Algunas teorías conspirativas afirman que las Big Pharma incluso patentaron el nuevo coronavirus. Crédito: Ilustración: Arlene Fioravanti

Es el sobrenombre demonizado de las grandes compañías farmacéuticas. Big Pharma son todos aquellos laboratorios o productores de medicamentos que se suponen bloquean estos productos para seguir vendiendo otros o, en el caso del covid, crean enfermedades para vender luego su tratamiento.

De acuerdo al poder exacerbado que les dan a las farmacéuticas las teorías de conspiración (lógica en la que desaparecen leyes, instituciones, ni nadie que pudiera frenarlas en su ambición desmedida), los mortales somos ratones de laboratorios cuyas enfermedades son un mercado y, con ese propósito, las farmacéuticas manipulan a su antojo la información para que todos creamos falsas verdades que les permitan vender sus productos.

Como en el resto de las teorías de conspiración, el centro de los ataques tiene un poder muy superior al manejable, opera en secretismo y eso le hace inaprehensible. Al mismo tiempo, como todas las teorías conspirativas, hay unos rasgos de la realidad que luego son distorsionados y desproporcionados, pero de los que la hipótesis toma alguna apariencia de verosimilitud.

Pandemia: denunciantes con negocio propio

Hemos estado bombardeados. La pandemia, además de la muerte masiva que trajo y sigue trayendo el covid 19, nos inundó en medio de la incertidumbre con cientos de campañas de desinformación que nos pusieron a cuestionar si las vacunas, cuando finalmente aparecieron, traían un chip y si el coronavirus era falso para darle control a los gobiernos o había sido inventado para mercadear luego tratamientos y vacunas.

En tiempos de polarización y miedo, ha tratado de entenderse y explicarse el fenómeno abrasivo de las teorías de la conspiración como una forma de refugio, tribal e identitaria, que ha germinado inevitablemente en el ambiente desregulado e infinito de las redes sociales.

Pero no todo es tan puro y orgánico como parece.

Según la Alianza para las Ciencias de Cornell, “muchos de los promotores de las teorías de conspiración son en realidad actores inteligentes que intentan vender productos chatarra. Por ejemplo, Alex Jones (uno de los líderes más conspicuos de las teorías de conspiración en Estados Unidos), entre quejas sobre engaños y el Nuevo Orden Mundial, invita a los televidentes a comprar costosas píldoras milagrosas que, según él, pueden curar todas las enfermedades conocidas”.

Pero no es el único. El documento de Cornell también señala al Dr. Joseph Mercola, “un curandero antivacunas que ha sido prohibido en Google por el comercio basado en información errónea, que afirma que las vitaminas -y muchos otros productos que vende- pueden curar o prevenir el covid. Natural News, otro sitio conspirador, vende todo tipo de píldoras, pociones y equipo de supervivencia. Estos conspiradores dependen de su mercado para hacer que las personas crean que la medicina basada en evidencia (es decir, la medicina convencional) no funciona y es un complot de las grandes compañías farmacéuticas para enfermarnos. Las conspiraciones que involucran a las Big Pharma son un elemento básico en las narrativas de los antivacunas, por lo que no es sorpresa que hayan transmutado a la era del coronavirus”.

De esos mismos extremos son las versiones que vinculan la pandemia con las compañías farmacéuticas. Algunos siembran que las críticas a la hidroxicloroquina lo que persiguen es no hacer competencia con otros medicamentos; y algunos van más lejos y afirman que las Big Pharma incluso patentaron el virus. Las primeras versiones atribuían la patente al Pirbright Institute de Inglaterra; las siguientes, a los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC en inglés).

Las grandes acusaciones: el sida y el cáncer

Una especie que rueda legendariamente es que, en realidad, hace mucho que está creada la cura para todo tipo de cáncer, pero los dilatados tratamientos y hospitalizaciones representan ganancias que se esfumarían si la enfermedad es detenida antes. Lo grave es que hay estudios de la American Cancer Society que muestran que el 27% de los estadounidenses cree que es así.

Otra de las hipótesis más siniestras que se escucha, por ejemplo, es que el tratamiento para el VIH/sida, los antirretrovirales, en realidad no tiene efecto alguno sobre la enfermedad y solo se recetaría para favorecer a las empresas. Es una versión que tiene años y que ha ido menguando con el tiempo, ya que si bien no se hallado la cura contra el sida, sí tiene ahora un tratamiento que permite vivir a sus pacientes por muchos años.

Son teorías conspirativas que literalmente demonizan a esta industria, suponiendo que su negocio es jugar con la vida de los humanos, pero, sobre todo, con su muerte.

En un ensayo sobre el tema, el doctor Robert Blaskiewikz advierte que en las falsas teorías se involucra a agrupaciones médicas, ONGs y entidades gubernamentales, además de la industria farmacéutica, pues, según ellas, se requiere de corrupción en todo el sistema para que el negocio fluya.

En su libro Bad Pharma , el investigador Ben Goldacre, un entendido de la industria muy crítico con ella, que ha publicado varios libros y tiene una temida reputación en los mundos científicos, detalla cómo los poderes económicos producen influencia, matizan opiniones y facilitan negocios en el mundo farmacéutico. Pero, así como denuncia este tipo de prácticas, también refuta por completo que haya algún tipo de complot orquestado para beneficiar un negocio por sobre la salud del público general.

Muchos críticos de la industria farmacéutica coinciden en que, a pesar de sus vicios, estos complots son improbables, primero, porque estas curas contra el cáncer y el sida serían mucho más negocio que los tratamientos que ahora existen, y, en segundo lugar, porque el secretismo necesario para que ocurran requeriría de miles de personas no relacionadas entre sí. David Robert Grimes, escritor e investigador de ciencias, incluso demostró en un ensayo matemático, en 2016, que las probabilidades de que esto ocurra son igual a cero.

Respecto a las curas del cáncer y el sida, los autores coinciden en que es más lógico pensar que dichas curas no se desarrollan con la rapidez con que deberían, ya que no se invierte en ellas tanto como en otros productos cuya venta sea más rentable.

Pero quienes tienden a creer en complots piensan más bien que muchas curas y remedios naturales - que cualquiera podría sembrar o extraer de una fuente biológica sin que medie una manufactura industrial- son deliberadamente ocultados, destruidos o monopolizados con la intención de evitar un daño a las finanzas de las industrias. Es decir, que habría muchos medicamentos gratuitos, caseros y al alcance de todos que nos estarían negando.

Creencias tomadas como hechos

Hace apenas un par de días un lector le comentaba en redes a una colaboradora del equipo de El Detector que su investigación sobre tratamientos inadecuados contra el covid 19 era falsa. Ante el comentario, la periodista sustentó que se trataba de una información respaldada por las instituciones científicas del Estado más calificadas, a lo que el usuario respondió que esas informaciones "no son creíbles", puesto que "la FDA trabaja para el big pharma (sic)".

Es decir, que en el sistema de creencias de los adeptos a las teorías de conspiración, los poderes que se confabulan con tal o determinado interés son siempre superiores a cualquier otro poder, incluso que el gobierno estadounidense.

En la misma tónica, un comentario en nuestras redes acusa, capcioso: “Uno se vacuna y se enferma a los días… qué casualidad, lo que quieren es mantenernos enfermos”. Son el tipo de afirmaciones que al repetirse y repetirse comienzan a ser percibidas como hechos, aunque no sean verificables. Así sucede con la industria farmacéutica.

Y hay datos que no ayudan. Por ejemplo, hay una estadística cuyo resultado hace alertar a los suspicaces, y es que menos del 10% de las investigaciones terminan por generar un medicamento que pueda venderse. Dicho medicamento, sea lo que sea que cure, tiene que pagar por las otras 10 investigaciones que no funcionaron o de lo contrario la empresa se arriesgaría a quebrar.

Pleitos legales como la cartelización de precios de medicamentos también afectan la credibilidad de las farmacéuticas.

En 2019, por ejemplo, más de 40 estados de Estados Unidos presentaron una demanda contra empresas farmacéuticas a las que acusan de conspirar para subir artificialmente los precios de medicamentos comunes. Los demandantes denunciaban que hasta 20 empresas participaron en un acuerdo para fijar los precios de más de 100 medicinas, incluidos tratamientos para la diabetes y el cáncer.

La industria farmacéutica es poderosa, pero también tiene una imagen muy vulnerable.

En meses recientes, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, tuvo duras palabras contra farmacéuticas y las acusó de "sabotaje" en la compra de medicamentos. “Estamos hablando de intereses creados", dijo el mandatario. Pero pareciera que figuras políticas y de otra estirpe que ponen públicamente en duda la credibilidad de las farmacéuticas pocas veces miden las consecuencias que trae usar a la industria de los fármacos como adversario público a cambio de indulgencia para sí.

El interés lucrativo que liberalmente las empresas de los medicamentos ejercen al investigar estos productos, procesarlos y venderlos produce mucha desconfianza cuando lo que está en juego es nada menos que la salud de sus destinatarios.

Y esa debe ser una de las razones de más peso para que, aunque no se haya probado la existencia de ningún complot farmacéutico que mercadee con la vida y la enfermedad, mucha gente, igual, siga dispuesta a creerlo. Pero, así como es legítimo dudar de la fiabilidad de las farmacéuticas, cuando se trata de la propia salud, también es necesario cuestionar a quienes promueven la existencia de complots que no están comprobados y derivan en intereses propios.

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