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Detector de Mentiras

¿De dónde viene el mito de que las vacunas son dañinas?

Un médico británico (a quien luego quitaron la licencia) vinculó la vacuna triple vírica con el autismo y publicó un estudio, en 1998, en la revista científica The Lancet. Luego se demostró que se trataba de un fraude y la revista se retractó, pero el daño ya estaba hecho. En 'Un mundo paralelo' contamos sobre el origen, personajes e historias detrás de estas teorías de conspiración.



18 Abr 2021 – 10:03 AM EDT
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La expansión de falsas teorías sobre la vacunación provocó el regreso de enfermedades ya erradicadas en EEUU, como el sarampión. Crédito: Getty Images/ Arte: David Maris

Dice el comediante George Harris en su stand up comedy que no se imagina de niño preguntándole a una enfermera si la vacuna que le estaban poniendo era lo suficientemente confiable como para dejarse inyectar.

Y tiene razón.

El proceso de vacunación y el descubrimiento y desarrollo de las vacunas como tal fue uno de los grandes hallazgos que, desde el siglo XVIII, se convirtió en motor fundamental para que los seres humanos alcanzáramos nueva esperanza de vida y previniéramos enfermedades que hasta la Edad Media suponían una muerte temprana.

Como si ellas trajeran intrínseca la polémica, desde su propio nacimiento las vacunas tenían detractores, pero las muestras fácticas de sus resultados en la salud pública terminaron imponiéndose, pues las estadísticas han mostrado que numerosas enfermedades que hasta entonces causaban la muerte han sido prevenidas desde temprana edad.

Hasta que a Andrew Wakefield, un audaz exinvestigador británico, se le ocurrió anunciar, en 1998, que las vacunas - que tan imprescindibles parecían - era más el mal que nos hacían que el enorme beneficio del que hasta entonces estábamos seguros. Y todo se enrareció.

Su afirmación rimbombante apareció en la revista The Lancet, una publicación muy influyente en el mundo científico, y su tesis reclamaba que la aparición del autismo y algunas enfermedades intestinales eran consecuencia de la vacuna triple vírica, la MMR (la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubeola).

No contento con eso, Wakefield se convirtió en un activista antivacunas y todo ese movimiento pseudocientífico, que dejó alarmada y petrificada a la comunidad médica, farmacéutica y de pacientes por un buen tiempo, encendió un clima de desconfianza en el público general que ha sido tan difícil de extinguir. Todavía hoy, 23 años después, hay gente pensando que le inocularán un chip en su cuerpo si le inyectan el antídoto contra el covid19.

Se demostró que lo que decía Wakefield era un fraude

Poco tiempo después, investigadores independientes intentaron reproducir los hallazgos de Wakefield, con el fin de confirmar la hipótesis que relaciona la vacuna triple vírica con el autismo y las enfermedades gastrointestinales. Pero los intentos - ninguno de ellos - no tuvieron éxito. La investigación publicada en la revista no fue comprobable.

Seis años después, en 2004, una investigación periodística de la revista del periódico británico The Times, The Sunday Times, reveló la existencia de conflictos de intereses financieros por parte de Wakefield, tras lo cual la mayoría de sus coautores retiraron su apoyo a las interpretaciones del estudio.

Bueno, conflictos de intereses es lo que llaman un eufemismo. Tras los alegatos de falta de ética profesional, el Consejo Médico del Reino Unido abrió una investigación por mala praxis contra Wakefield y dos de sus antiguos colegas. La investigación se centró en los numerosos descubrimientos de Brian Deer -el periodista autor de la investigación que desenmascaró todo-, entre ellos que se sometieron a varios niños autistas a procedimientos médicos invasivos e innecesarios (como colonoscopias y punciones lumbares) y que Wakefield actuó sin la necesaria aprobación de un comité de ética.

El 28 de enero de 2010, un tribunal admitió 32 acusaciones, entre ellas cuatro de fraude y 12 de abuso de niños con discapacidad. El comité dictaminó que Wakefield había “faltado a su deber como médico”, actuado “en contra de los intereses de sus pacientes” y obrado de manera “deshonesta e irresponsable” en su investigación. La revista The Lancet se retractó por completo del artículo que había publicado en 1998, señalando que los datos del manuscrito habían sido falsificados. Wakefield fue excluido del registro médico en mayo de 2010 con una observación de actuación fraudulenta y perdió la licencia para ejercer la medicina en el Reino Unido.

Al final todo se supo: Wakefield formaba parte de toda una componenda que había fraguado un emprendimiento comercial que proponía una nueva vacuna y pretendía desplazar la ya existente para quedarse con una tajada del mercado.

Pero el daño ya estaba hecho. El miedo a las vacunas se había extendido mucho más allá de las fronteras británicas. Los movimientos antivacunas llegaron a Estados Unidos, que en el 2000 había erradicado el sarampión. Tres años más tarde el país vivió un brote de esta enfermedad. Se dieron casos de sarampión en Rumanía, Alemania e Italia. Y al planeta todo le sobrevivió una desconfianza que sigue hasta nuestros días.

Y, desafortunadamente, el movimiento antivacunas está más vivo que nunca. Entre sus grupos en redes sociales se habla de que tienen más de 50 millones de afiliados, siendo dos de sus grupos más destacados el Proyecto Mundial del Mercurio y Stop Mandatory Vaccination.

¿Quién es Andrew Wakefield?

Se llama Andrew Wakefield, tiene 62 años y solía ejercer la medicina en Inglaterra, su país de origen, hasta que descubrieron que el estudio en la muy prestigiosa revista The Lancet, en el que relacionaba la vacuna triple viral con el autismo, era un fraude.

Hijo de doctores, se especializó en temas gastrointestinales, y cuando tenía unos 32 años, comenzó a trabajar en el Royal Free Hospital de Londres.

Según su versión, para esa época lo visitó la madre de un niño autista que sufría problemas intestinales y que sospechaba de la vacuna que le habían puesto. Fue el punto de partida de una nueva y polémica tesis: demostrar que la triple vírica podía causar autismo.

En 1998, luego de una supuesta indagación que involucró a 12 niños con autismo de entre tres y 10 años, publicó las mencionadas conclusiones en The Lancet, en las que decía que todos ellos habían tenido un desarrollo mental normal, pero que luego de ponerse la vacuna habían comenzado a tener problemas intestinales y síntomas de autismo o encefalitis.

A su trabajo, que ponía en duda una vacuna aplicada en el ámbito mundial desde los años setenta, se opusieron epidemiólogos y organismos de salud, pero eso no fue suficiente.

Wakefield hacía campaña contra la vacuna triple viral mientras crecían las dudas sobre su estudio. Sin embargo, solo se supo toda la verdad cuando el periodista Brian Deer, del periódico The Sunday Times de Londres, descubrió que los 12 pacientes del estudio le habían sido referidos a Wakefield por un abogado que estaba presentando una demanda colectiva contra la vacuna. Cuando investigó a fondo, se dio cuenta de algo aún más turbio: Wakefield trabajaba para el abogado y le estaba ayudando a fabricar el caso, a cambio de una considerable suma de dinero.

Eso no era lo peor: Deer descubrió que el médico estaba patentando su propia vacuna simple contra el sarampión. Cuando los primeros artículos salieron al público, Wakefield demandó por difamación a Deer. Pero eso jugó en su contra, pues permitió que el periodista obtuviera los nombres de los niños, que no aparecían originalmente en el estudio.

Así descubrió algo más grave: el doctor había manipulado los registros médicos y los testimonios de los padres, pues algunos de los menores ya tenían síntomas de autismo mucho antes de ponerse la vacuna. A Wakefield no le quedó más remedio que salir del Royal Free Hospital e irse a vivir a Estados Unidos, en donde comenzó a apoyar el movimiento antivacunas local.

Actualmente vive en Austin, Texas, sale con la supermodelo Elle Macpherson y muchos le dan trato de héroe. En los tiempos que corren, se ha convertido en uno de los voceros más conspicuos de las teorías de conspiración que cuestionan las vacunas para el covid-19. En abril de 2020, declaró en el Health Freedom Summit, un evento al que fue invitado, que las vacunas parecían “más bien estar hechas para caballos”, no para seres humanos, y amenazó con “una guerra” si el gobierno pretendiera obligar a los ciudadanos a vacunarse.

Las consecuencias

Esa falsa teoría en contra de la vacunación avalada por 13 expertos y publicada en una revista de prestigio como The Lancet bastó para generar una crisis de confianza en la comunidad científica que todavía perdura en la actualidad.

La desconfianza de los padres hacia las vacunas y la comunidad científica comenzó a crecer y los índices de vacunación a bajar. En ese mismo 1998, en Reino Unido se dieron hasta 55 casos de niños afectados por sarampión, paperas o rubeola, enfermedades que estaban hasta ese momento erradicadas.

Los doctores tuvieron que lanzar un mensaje público advirtiendo de las consecuencias que podía tener en el desarrollo de los niños no ponerles las vacunas. En algunos casos podía causarles la muerte, dijeron.

"Me encontré en una posición muy delicada porque no encontraba pruebas que pudiesen demostrar lo contrario", contó al programa de la BBC Health Check David Salisbury, que fue director de Inmunización en el Departamento de Salud de Inglaterra y Gales hasta fines de 2013.

Hasta que, unos meses después, 37 expertos del Consejo Médico de Reino Unido, tras recopilar y analizar datos, dijeron que no había evidencias científicas que probasen vínculo alguno entre la vacuna y el espectro autista.

Pero ya era tarde. Para 2003, los índices de vacunación bajaron al 80% en Inglaterra, muy por debajo del porcentaje necesario para mantener a la población local a salvo. Y el rechazo a las vacunas no se restringió a Reino Unido, se extendió a otros países y se prolongó en el tiempo.

Además de Occidente, ha habido casos de una gran oposición entre la comunidad somalí, en contra del polio en Pakistán y hasta en Nigeria, donde se creía que se usaba para esterilizar a los hombres. Falsas creencias que son la herencia de Wakefield.

Sin ir más lejos, no hay sino que revisar la cantidad de especulaciones que se han tejido alrededor de las vacunas contra el covid-19, un fenómeno que solo es comprensible después de saber que todo empezó mucho antes, en 1998, cuando un científico anunció resultados fraudulentos de una investigación que no era tal.

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Expertos aclaran mitos y realidades de la vacuna contra el covid-19

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