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Franja de Gaza

Memorias de un verano en Gaza en 1980: cómo aprendí el origen del conflicto entre Israel y Palestina

Durante un verano en 1980 pude comprobar la creciente ira y frustración de los palestinos tras décadas de ocupación militar israelí. Eso fue hace 40 años... y no ha hecho más que crecer. (Read this article in English)
23 May 2021 – 02:58 PM EDT
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Una bola de fuego sale de un edificio en el distrito residencial de Rimal, en la ciudad de Gaza, el 20 de mayo de 2021, durante los bombardeos israelíes sobre el enclave controlado por Hamás. Crédito: Bashar Taleb/AFP via Getty Images

Las terribles escenas de Gaza me han hecho recordar los cuatro meses que pasé viviendo allí en 1980 como voluntario a los 19 años.

Por suerte, por aquel tiempo no había ataques con cohetes, de ningún lado. El movimiento islámico armado, Hamás, aún no existía, pero sus semillas se estaban sembrando. La tensión se respiraba en el aire y se percebía mucha rabia, así como conversaciones sobre la lucha por la autodeterminación palestina.

En esa época, la ciudad, y toda la Franja de Gaza, estaba bajo ocupación militar, por lo que los soldados israelíes patrullaban en jeeps, especialmente en los abarrotados campos de refugiados. La resistencia palestina había sido aplastada en gran medida tras la 'Guerra de los Seis Días' de 1967, cuando Israel arrebató el control de Cisjordania y Gaza a sus vecinos, Jordania y Egipto.

Yo era voluntario en un campamento de verano de la YMCA, pero pasaba todo mi tiempo libre explorando: la Franja de Gaza sólo tiene 25 millas de largo y seis de ancho.

Recuerdo haber recorrido Jabalia, el mayor campo de refugiados, con una trabajadora social palestina, Fatima Abu Saoud. En una casa de un callejón estrecho, me invitaron a tomar un té de menta con la familia de una joven mujer recién salida de la cárcel. Llevaba un vestido tradicional palestino de cuerpo entero hermosamente bordado.

Resistencia

Me di cuenta de que tenía una prótesis en la mano y me explicó que fue así como había acabado en la cárcel. Apenas adolescente, lanzó un cóctel molotov contra un jeep del ejército israelí que atravesaba el campamento. Estaba preparándose para lanzar otro cuando le dispararon y la bomba casera le estalló en su mano.

Aún llevo en mi mente el recuerdo de su rostro y la suavidad de su voz. Parecía ligeramente arrepentida, pero al mismo tiempo desafiante, orgullosa de haber defendido a su pueblo.

Pero también era una especie de excepción, descubrí. La mayoría de los palestinos que conocí estaban amargados y frustrados por la ocupación, pero seguían adelante con sus vidas e intentaban arreglárselas.

Por aquel entonces, Gaza era tan pobre como ahora, pero no estaba tan edificada. Había pocos edificios altos que pudieron haber sido objetivo de la aviación israelí. La mayoría de las calles estaban sin pavimentar, con casas construidas en la arena.

Una cita militar

Un día me citaron en el cuartel general del ejército israelí en Gaza para una entrevista con el capitán Amnon Lorand, el oficial de enlace, que quería saber qué hacía un adolescente británico en Gaza.

Fingí inocencia, especialmente cuando mencionó casualmente que había un escritor en Gran Bretaña con mi mismo apellido que escribía mucho sobre Oriente Medio. El escritor era mi padre, antiguo corresponsal de The Guardian, que escribía críticamente sobre Israel en una época en la que pocos periodistas se atrevían a hacerlo. No dije que sabía a quién se refería. Pero se sobreentendía.

En mi diario anoté sus palabras sobre los palestinos. "Tenemos que tratar a los árabes como lo hacemos porque tienen la edad mental equivalente a un niño de cinco años", me dijo.

Le dije que había recibido una impresión muy diferente de los líderes de la comunidad local que había conocido, entre ellos médicos y abogados formados en las mejores universidades de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Sin duda, esos palestinos educados abogaban por la autodeterminación, pero a través de la desobediencia civil pacífica al estilo de Mahatma Ghandi. No percibí ninguna sensación de revuelta inminente, aunque un hombre local que me acogió, Musa Saba, o 'Abu Issa', me insinuó en nuestras reuniones privados que un día las cosas cambiarían.

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Los amigos de Abu Issa

Abu Issa, que había pasado un tiempo en la cárcel, me llevó a dar largos paseos en bicicleta por la costa, a través de los campos de naranjos del norte de la ciudad, y me presentó a sus amigos. Casi todos tenían historias de cárcel o de enfrentamientos con los israelíes por actividades políticas. Muchos se quejaban de la táctica israelí de demoler la casa de cualquier familia al menor indicio de radicalismo.

Me impresionó lo bien educados e informados que estaban los hombres; la mayoría hablaba algo de inglés y escuchaban el Servicio Mundial de la BBC. Esto se debía en gran medida al Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas ( UNRWA), que gestiona los campamentos de refugiados y proporciona escuelas, alimentos y servicios sanitarios básicos.

A menudo me dieron lecciones sobre los males cometidos por los gobiernos occidentales, incluyendo fechas y acontecimientos grabados en la historia árabe, pero que son poco conocidos o comprendidos en Occidente. El mayor de ellos fue la expulsión en 1948 de cientos de miles de palestinos de sus hogares en lo que se convirtió en el Estado de Israel, convirtiéndoles en refugiados permanentes.

Los palestinos me preguntaron cómo podía Occidente quedarse de brazos cruzados mientras sus compatriotas permanecían confinados en campamentos de refugiados en su propia tierra, bajo la ocupación militar israelí.

Ahora, 40 años después, esa población sigue creciendo y hay 1,5 millones de refugiados, según la UNRWA, con un total de dos millones de personas hacinadas en la Franja de Gaza, una de las mayores densidades de población del mundo. De ellos, unos 600,000 viven en uno de los ocho campamentos de refugiados, dependen de la ayuda alimentaria y el 95% no tiene acceso al agua potable.

Anoté en mi diario que Abu Issa y sus amigos estaban descontentos porque el triunfo de la revolución islámica en Irán, apenas un año antes, en 1979, "sólo ha servido para enturbiar la cuestión palestina con el miedo a una revuelta islámica en Oriente Medio".

De hecho, se habían producido varios incidentes de lanzamiento de ácido a chicas en la playa de Gaza por llevar trajes de baño que los fundamentalistas desaprobaban. Los islamistas también estaban tomando el control de los sindicatos de estudiantes de las universidades palestinas, antes controlados por los moderados.

"El Occidente nos ha abandonado, por lo que algunos de nuestros líderes sostienen que no tenemos más remedio que aliarnos con Irak, Siria e Irán", me dijo una amiga palestina con buenos contactos con el liderazgo palestino.

'Gaza Primero'

Por aquel entonces, en las Naciones Unidas en Nueva York se seguía hablando de una solución de dos estados para el conflicto palestino-israelí, que implicaba la retirada de las fuerzas armadas israelíes de los territorios ocupados. Las cosas estaban tan tranquilas en Gaza que incluso se hablaba de un plan 'Gaza Primero', en el que se aplicaría primero una autonomía limitada allí como modelo para Cisjordania. Hoy nadie propone eso.

Ese recuerdo resume bien la mayor lección que aprendí de mis días en Gaza: cómo la implacable opresión de Israel no hacía más que desesperar a sus enemigos, de ahí los chalecos suicidas y los ataques con misiles indiscriminados.

Y atrapados en medio, las víctimas civiles inocentes, tanto palestinas como israelíes.

En 1980, Abu Issa y sus amigos eran lo suficientemente inteligentes como para ver lo que estaba pasando, a pesar de las ideas despectivas del oficial de enlace israelí sobre su limitada capacidad mental.

Hamás

Efectivamente, unos años más tarde los islamistas tomaron el control, en forma de Hamás. Fundada en Gaza en 1987, Hamás fue ganando apoyo local con programas sociales y reclutando jóvenes para su ala militar.

Ese mismo año, otro incidente con soldados israelíes en Gaza, en campamentos de refugiados de Jabalia, desencadenó la llamada 'Intifada', una rebelión de jóvenes armados con piedras y cócteles molotov, que se enfrentaron al ejército israelí.

En 2005, Israel se retiró de Gaza y de las principales ciudades de Cisjordania. Hacia 2007, Hamás tenía el control total, rompiendo incluso con la Autoridad Palestina, más moderada, en Cisjordania, donde los islamistas ejercen menos control en los pueblos cristianos de los alrededores de Jerusalén y Belén.

Esta semana escribí a una de mis antiguas alumnas en Gaza, Rania Filfil, cuyo difunto padre trabajaba para la UNRWA. En aquel entonces tenía tan sólo nueve años y aún recuerda en el patio de recreo cómo yo la levantaba para ayudarla a meter la pelota de baloncesto en el aro.

Ahora vive en Cisjordania, aislada de sus amigos y familiares en Gaza. Cuando su padre murió en 2005, no se le concedió un permiso para asistir a su funeral en Gaza.

Como muchos, tiene el corazón roto por los acontecimientos de las últimas dos semanas. "Familias enteras han sido eliminadas. Las carreteras de los hospitales están destrozadas. No podemos contactar con muchos de nuestros familiares y amigos", escribió.

Y se hace la misma pregunta que escuché tantas veces en 1980. ¿Cómo puede el mundo quedarse de brazos cruzados?

"Mundo libre hipócrita, disfruta de tu café matutino y de tus cenas elegantes. Los palestinos morirán solos y se levantarán de nuevo", se lamenta.

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